Hace poco estaba leyendo “Los siguientes”, de Pedro Simón, una novela sobre tres hermanos que tienen que cuidar a su padre a medida que envejece y pierde autonomía.
La idea básica del libro es que los siguientes somos nosotros.
Nosotros en un sentido literal.
Los que ahora estamos pendientes de nuestros padres, hablamos con nuestros hermanos sobre qué hacer o empezamos a notar que ellos necesitan ayuda para cosas que antes resolvían solos. Un día, si tenemos suerte, alguien estará teniendo esas mismas conversaciones sobre nosotros.
Uno sabe que va a envejecer, pero es una de esas cosas que sabemos pero no creemos que van a suceder.
Planificamos las vacaciones del próximo año. Pensamos en cuánto dinero necesitaremos para retirarnos. Pero no siempre nos preguntamos cómo queremos vivir cuando el trabajo deje de darnos una identidad, nuestros hijos estén ocupados con sus propias vidas y nuestro cuerpo empiece a limitar algunas cosas.
Creo que parte del problema es que imaginamos el envejecimiento como una etapa que llegará después. Primero vivimos y, más adelante, envejecemos.
Pero ya estamos envejeciendo.
Lo hacemos cuando dejamos de movernos porque estamos muy ocupadas. Cuando posponemos ver a una amiga durante seis meses. Cuando toda nuestra vida social depende de nuestra pareja o del trabajo. Cuando seguimos en un empleo que nos consume porque “todavía podemos aguantar unos años más”.
También envejecemos cuando aprendemos algo nuevo, cuidamos una amistad, fortalecemos el cuerpo o encontramos intereses que no dependen de ser productivas.
No podemos elegir todo lo que nos va a pasar. Podemos hacer ejercicio y enfermarnos. Podemos cuidar nuestras relaciones y aun así sentirnos solas. Podemos tomar buenas decisiones y encontrarnos con circunstancias muy difíciles.
Pero sí podemos influir en la vida que estaremos construyendo alrededor de esas circunstancias.
He empezado a observar con más atención a las personas que llegan a una edad avanzada en relativa buena salud y sin estar solas. No todas han tenido las mismas circunstancias, por supuesto, pero encuentro algunas cosas en común.
Se mantienen activas. Tienen amigos y una vida social propia. Conservan intereses, rutinas y planes que les dan razones para salir de la casa y seguir participando en el mundo.
Y hay algo más que me llama especialmente la atención: han construido una vida que no depende completamente de sus hijos.
Comparten con ellos, disfrutan a sus nietos, celebran juntos y se apoyan cuando hace falta. Pero los hijos no son su única compañía, su única actividad ni los responsables de llenar todos sus días.
Eso no significa que nunca vayan a necesitar ayuda. Envejecer implica aceptar que, en algún momento, podemos depender de otros para ciertas cosas. La diferencia está en no colocar sobre los hijos, antes de que sea necesario, todo el peso de nuestra compañía, nuestros planes y nuestro bienestar emocional.
Cuando pienso en prepararme para envejecer, ya no pienso solamente en ahorrar dinero o cuidar mi salud. También pienso en seguir construyendo amistades, intereses y espacios propios. En mantener una vida a la que mis hijas puedan sumarse, pero que no tengan que sostener.
Eso, para mí, es más importante que seguir siendo “relevante”.
Porque la relevancia muchas veces depende de que otros nos necesiten, nos escuchen o reconozcan lo que hacemos. Y con los años es posible que algunos de esos espacios se reduzcan. Pero seguir interesada en mi propia vida es algo que puedo empezar a cuidar desde ahora.
No se trata de vivir preocupada por lo que voy a perder. Se trata de observar qué estoy construyendo mientras todavía tengo muchas opciones.
Esta semana quiero hacerme una pregunta concreta:
Si continúo viviendo como vivo hoy, ¿qué parte de mi vida actual me alegrará haber cultivado dentro de veinte años y qué parte lamentaré haber descuidado?
No hace falta rediseñar toda la vida. Podemos empezar eligiendo una cosa que nuestro yo de 75 años agradecería: llamar a una amiga, retomar una actividad que disfrutábamos, fortalecer el cuerpo o dejar de posponer algo importante con la excusa de que todavía hay tiempo.
Un abrazo,
Gaby.
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Christophe Talmont
En este episodio de A Cada Paso, Gaby Elena Alcalá conversa con Cristóbal (también conocido como Christophe Talmont), un director de orquesta francés que relata su experiencia personal y profesional en Venezuela como parte del reconocido Sistema de Orquestas. Cristóbal comparte cómo llegó al país sin hablar español y cómo su vida dio un giro inesperado a raíz de una invitación para dirigir una ópera en Mérida. Además, reflexiona sobre las diferencias culturales y educativas entre Europa y Latinoamérica, y cómo la música puede ser una poderosa herramienta de transformación social.
Preguntas Clave Abordadas en el Episodio:
¿Cómo fue el proceso que llevó a Cristóbal a dejar Francia para dirigir orquestas en Venezuela?
¿Cuáles fueron los mayores retos y choques culturales que enfrentó al integrarse al Sistema de Orquestas?
¿Qué diferencia al Sistema venezolano de los conservatorios tradicionales europeos?
¿Cómo puede la música influir en el tejido social y la formación de valores?
¿Qué podría aprender Europa del Sistema venezolano y viceversa?
¿Por qué la modernización de la música clásica es clave para atraer nuevas audiencias?
¿Cómo ha cambiado la vida cultural en Venezuela en los últimos años y cuál es el rol de la música en ese contexto?
¿Qué libros recomienda Cristóbal para quienes buscan inspiración y reflexión sobre la identidad y la cultura?
No te pierdas este inspirador episodio, lleno de anécdotas, aprendizajes y reflexiones sobre la educación musical, el poder de la adaptación y el encuentro entre culturas.
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Después de años entrevistando a personas increíbles en A Cada Paso, sentí que era hora de animarme a algo distinto. Llega Gaby Sin Filtro, un espacio íntimo donde comparto reflexiones y aprendizajes sobre el camino de conocernos y vivir con intención. ¡Escucha el episodio aquí!



